
De vez en cuando la existencia nos sorprende con la cara amarga de la tristeza, de las despedidas, del final del camino de un ser querido y apreciado, dándonos a entender que estas situaciones son parte de la vida y que las tendrás que intercalar, de vez en cuando, con las situaciones alegres que te brinda la misma existencia.
Estos días ha estado toda la sociedad aragonesa conmocionada con la muerte de José Antonio Labordeta, una persona apreciada por todos los estamentos de Aragón y fuera de Aragón, persona activa y notoria, poeta y cantor que supo hablarnos de las montañas, del sufrimiento de las tierras secas, de la gente ruda y trabajadora de sus pueblos, del sol a sol y que nos hizo tomar conciencia de que este Aragón olvidado merecía la pena; tuvo una gran reconocimiento de hombre digno y una gran despedida acompañada de canticos y bandurrias, pero lo que realmente emocionó a la gente fue que se nos iba el hombre franco, bondadoso y un auténtico paisano, vendedor del caracter de su tierra.
Unos días antes falleció un aragonés no tan famoso como él, pero sí buena persona y auténtico, hombre discreto y muy querido por todos y al que también le toco sufrir, trabajador y vendedor de buenas costumbres y que dejó mucha tristeza entre los suyos; también tuvo una bonita despedida en la iglesia de su pueblo, cerca de su casa, de su plaza; mucha gente le cantó y le acompañó reconociendo la bondad de su persona y su pérdida. Este aragonés, no tan famoso, era mi padre Tomás, gran amigo mío y que siempre esperaba a su hijo con una sonrisa en la cara.
Dentro de la tristeza que me produce su ausencia, tengo que reconocer, que tuve mucha suerte de tener un padre como él, cabal, aragonés y con buenos fundamentos de convivencia.
La gente de nombre y la gente sencilla, de bien, siempre tendrán cabida en una sociedad necesitada de buenos principios.
Chavierín.